La altura de cámara determina desde dónde se establece la conversación. A la altura de los ojos suele producir una relación directa y estable; unos centímetros por encima pueden aligerar el fondo y mostrar más del espacio de trabajo; por debajo, el cuerpo y los objetos cercanos adquieren mayor presencia.
Conviene ajustar la altura con la persona ya sentada o de pie en su posición real. Un trípode medido sobre un set vacío no contempla cómo cae la mirada, cuánto se inclina el torso o qué espacio ocupa el cabello. El eje del lente debe responder a esa postura, no a una medida abstracta.
El ángulo de toma completa la decisión. Un giro lateral moderado permite modelar el rostro y separar planos; un ángulo frontal reduce la sensación de profundidad, pero puede reforzar una exposición directa. Las tomas muy altas o bajas tienen un efecto enfático y requieren una razón narrativa concreta.
Prueba sencilla: mira primero la línea de los ojos. Si obliga al sujeto a levantar o bajar la mirada sin intención, corrige la cámara antes de mover luces o fondo.